Título original: El espejo de Salomón
Autor: León Arsenal
Editorial: Minotauro, 2006
Páginas: 352 páginas
Colección: Pegasus ISBN: 84-450-7582-9
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Sinopsis
Alejandra Espinosa, historiadora en paro, oye hablar por casualidad, durante una
reunión de antiguos compañeros de estudios, acerca de un libro muy extraño,
fechado en el siglo XIX y descubierto por un amigo mientras catalogaba una
biblioteca particular. Ese libro está escrito en ulfiliano, el antiguo alfabeto
de los visigodos, y en el prólogo se afirma que es la copia de un texto
medieval. Intrigada por ese hallazgo misterioso y sospechando que pueda ser una
falsificación histórica, tema del que es una apasionada, se decide a investigar
acerca del mismo. Esa investigación la va a conducir a una cadena de la que el
propio libro no parece ser sino uno eslabón más y que parece remontarse a lo
largo de los siglos, desde nuestros días a la época de los reyes visigodos. Una
trama oculta que ha involucrado a sociedades secretas y personajes públicos de
lo más variopinto, todos ellos en pos de un objetivo que no acaba de aparecer
claro. También va a llegar a otra conclusión en muy poco tiempo: la de que todo
aquel que se interesa por el libro y se acerca demasiado a él, parece verse
expuesto al peligro o incluso a una muerte violenta.
Comentario
El descubrimiento de un documento escrito en una lengua extraña dará la
pista para descubrir un tesoro largo tiempo perdido y desencadenará una
persecución mortal para encontrar un objeto de valor incalculable.
Ediciones Minotauro presenta "El espejo de Salomón", un
thriller con trasfondo histórico sobre las sociedades secretas de la España del
siglo XIX, escrito por León Arsenal, ganador del primer Premio
Minotauro.
Página del escritor León Arsenal
Fragmento
Alejandra puso los ojos donde el otro le indicaba; a mano derecha, junto a la
cancela y en la parte exterior. Al resplandor del farol eléctrico, contemplaron
juntos aquel símbolo cincelado en la roca: una cruz florlisada de cuatro brazos
iguales. En los años treinta, cuando el Sr. B. visitó aquel túnel, puede que aún
tuviese restos de pintura negra pero, más de seis décadas después, ya no quedaba
nada. Alejandra, llevada por un impulso, se quitó el guante de la mano derecha
para pasear las yemas de los dedos por la inscripción. Acarició la piedra fría,
por un momento abstraída, antes de apartarse y sacar fotos de la misma, de aquel
tramo del túnel y de la cancela.
Nilo quebró con la cizalla la
cadena, que era una masa de óxido, antes de probar en vano a abrir la reja.
Empuñó de nuevo el martillo.
-Échate para atrás.
Comenzó a golpear, al principio con suavidad, y luego con más fuerza,
tratando de liberar los goznes. Los martillazos reverberaban a lo largo del
túnel, en ambas direcciones, y el polvo rojo de la herrumbre formaba nubecillas
al resplandor del farol. Al igual que con la puerta de la bodega, los que
cedieron fueron los propios goznes, de forma que toda la reja se soltó y fue
resbalando sobre las piedras del túnel, con un rechinar espantoso, hasta quedar
encajada y torcida. Nilo agarró los barrotes con ambas manos y tiró hasta
conseguir desplazarla. La hizo a un lado con esfuerzo y el camino quedó
expedito.
-Espero que
no haya nadie ahí delante –comentó con cierto humor Alejandra, al tiempo que
agitaba las manos, tratando de disipar la polvareda de óxido-. Los golpes tienen
que haberse oído a kilómetros.
-Es lo que tienen los túneles. –Nilo se encogió de hombros, antes de
recoger su farol y pasar por el hueco-. Vamos.
Tras aquella reja, el pasadizo no
experimentaba cambio alguno, lo que les reafirmó en la idea de que se trataba de
un añadido posterior. Al cabo de algo más de cien pasos, empero, la galería iba
a desembocar en un espacio algo más grande. Nilo, que aún seguía delante, fue
quien advirtió que el túnel se abría a un arco de medio punto. Se lo indicó a su
acompañante, antes de acercarse y asomar primero el farol y luego la cabeza. Las
paredes estaban construidas con aquellos mismos bloques de roca sin pulir que el
túnel y el techo era abovedado, puede que para darle mayor resistencia. Ni una
sola de las cuatro paredes estaba vacía. A la luz amarilla del farol, pudieron
ver que en el muro contrario se abría otro arco de medio punto, aunque de éste
partía una escalera que se hundía aún más en la tierra.
En cuanto a las otras dos paredes,
estaban ocupadas por sendas hornacinas. La situada a mano izquierda estaba
vacía, en tanto que la de la derecha albergaba una estatua de una Virgen con un
Niño, de piedra y como medio metro de altura. Se acercaron a ese nicho. A simple
vista era patente que se trataba de un trabajo de calidad y muy antiguo, a
juzgar por los churretes oscuros de humedad.
-¿Qué Virgen será? –se preguntó
Alejandra en voz baja.
-Ni idea. –Nilo subió y bajó la luz, buscando en vano alguna
inscripción-. Es una buena talla.
-Muy buena.
-¿De qué época puede ser? –Al
desplazar el farol, las sombras se movían.
-La Historia del Arte no es lo mío,
pero yo diría que es una Virgen del Románico. –Alejandra observó con mayor
detenimiento la estatua. El Niño, con el rostro recorrido por surcos mohosos,
tenía la diestra alzada en gesto de bendición-. Aunque me cuesta creer que algo
tan antiguo se haya conservado así. Podría ser una copia de algo, o una
imitación posterior; no lo sé. ¿Qué hará aquí?
-Ya me gustaría a mí
saberlo.
Alejandra se
alejó un par de pasos y sacó fotos de la estancia, los accesos, el otro nicho
vacío, y por último, varias desde distintos ángulos de aquella supuesta Virgen
románica. Al guardar la cámara, sintió los dedos entumecidos y se frotó las
manos.
-¿Frío? –Nilo
había notado el gesto.
-Mucho. –Le dedicó una sonrisa, casi de disculpa.
-Es por la humedad. Mejor no nos
detengamos mucho rato.
Asomó el farol por la segunda abertura, para alumbrar la escalera. Se
encontró con un tramo de escalones muy anchos, puede que para compensar lo
resbaladizos que resultaban por culpa del agua. Abajo arrancaba otro túnel,
idéntico en todo al anterior.
-¿Seguirá mucho más? –Alejandra dejó escapar el aliento, casi esperando
que formase vaho.
-No
lo sé. Pero mejor para nosotros que no –respondió Nilo con humor.
-¿Por qué?
-Si no me equivoco, vamos en
dirección este, aproximadamente. –Señalo con el farol-. Así que nos estamos
dirigiendo a la zona de Ventas.
-¿Y?
-Allí en tiempos hubo un penal y un
cementerio, cosa que no todo el mundo sabe. Todo ese subsuelo está lleno de
antiguas tumbas y fosas comunes. Los videntes dicen que, cuando entran en los
garajes de algunas de las casas de por allí, los ven abarrotados de
espíritus.
-Vaya…
–Alejandra sintió un escalofrío-. Mejor no sigamos discutiendo eso.
-¿Crees en fantasmas?
-No sé si creo o no. Pero se me
ocurren conversaciones más alegres para tener en un túnel olvidado, bajo tierra.
Además, mi casa está en Ventas, aunque ahora no viva en ella. Pero supongo que
algún día volveré a ella y, para ciertas cosas, soy bastante miedosa. No quiero
llegar una noche al garaje y que me dé por pensar que está todo lleno de
fantasmas, y que mi casa está justo encima de un antiguo
cementerio.
Suspiró.
-Me
apetece horrores un cigarrillo.
-Podemos para un momento, a fumarnos
uno. Aquí no hay nada que pueda incendiarse, y no creo que haya filtraciones de
gas.
-Mejor no.
Sigamos. No me gusta el frío.
Pese a sus temores, aquel segundo túnel no era demasiado largo y al cabo
de pocos minutos llegaron a lo que parecía el final. A primera vista hubieran
creído que la galería remataba en un fondo ciego; pero, ya más cerca, se
percibía que la pared del fondo era en realidad una gran losa de piedra,
colocada allí a manera de barrera o puerta. La laja era de caliza pulida,
encajada a la perfección en un dintel, y en su superficie aparecían cincelados
dos símbolos, a unos dos tercios de altura. El de la izquierda era la ya
familiar cruz florlisada, en tanto que el de la derecha era un sello de Salomón,
formado por dos triángulos equiláteros enlazados.
-Esto es nuevo –susurró
Alejandra.
-Así es
–admitió Nilo, pensativo.
A media altura y a la izquierda había una ranura en la losa de piedra,
una que sólo podía ser un asidero para desplazarla. Nilo puso su farol en manos
de Alejandra, antes de introducir la diestra en la oquedad y tirar primero con
precaución, a modo de tanteo, y luego con más fuerza. La losa se estremeció y,
entre sonidos de piedra resbalando sobre piedra, se deslizó con suavidad
sorprendente hacia la derecha. Nilo la abrió del todo y, mientras la sujetaba
con una mano, tanteó en su mochila hasta encontrar un par de cuñas de madera con
las que calzó la puerta de piedra, no fuera que se cerrase por accidente.