Nueva DimensiónCiencia - Ficción y Fantasía |
![]() Título original: The Zap Gun, 1967 Autor: Philip K. Dick Editorial: Gigamesh, 2005 Colección dirigida por: Alejo Cuervo Prólogo: Albert Solé Traducción: Albert Solé y Eva Feuerstein Ilustración de portada: Juan Miguel Aguilera Páginas: 240 páginas ISBN: 84-96208-29-X |
La pistola de rayos destila un humor irreverente con el que Dick construye una sátira desquiciada sobre los sinsentidos de la Guerra Fría. El californiano emprende una de sus portentosas exploraciones de lo que constituye el tema central de su obra: la paranoia vital, tanto individual como colectiva, y su inevitable vinculación con nuestra forma de interpretar la realidad.
| “El autor más consistente y brillante de ciencia ficción del mundo” |
| John Brunner |
Es una falacia que existan Dicks menores.
El manual de instrucciones de la posmodernidad tiene muy claro, como lo tiene siempre sea cual sea la eventualidad a la que deba hacer frente, qué es lo que define la obra dickiana y la naturaleza básica de sus personajes: nada es lo que parece; nadie sabe quién es en realidad; nunca hay la menor esperanza de que exista una respuesta válida para el sinfín de preguntas que recorren y atraviesan la historia. Esa receta interpretativa permite que todavía se tenga como expresión máxima del ethos dickiano lo que nos muestra la pantalla durante el metraje de Blade Runner y, como contrapartida, que se desprecie olímpicamente un título como Asesinos cibernéticos por considerarlo mero metraje comercial prolongado a costa de un patrón de corte y confección que ha sido tomado en vano.
Eso es muy coherente, claro está, cuando se parte de la base de que es preciso negar toda posible trascendencia y se utiliza el instrumento cognoscitivo de que todos los conocimientos son intercambiables y solo pueden ser regulados de acuerdo con el valor de cambio que hayan alcanzado en la pasarela mediática del momento. Se olvida así, no obstante, que la vida y la obra de Dick estuvieron regidas —de manera casi obsesiva, casi maldita— por el hecho de que el segundo nombre de Philip Dick fuese Kindred, es decir, «parentesco».
A primera vista, entonces, la peripecia argumental y los protagonistas de La pistola de rayos encajan sin ninguna dificultad en ese parti pris ya especificado: tenemos a un par de diseñadores de moda armamentística que se ganan la vida vendiendo mentiras inexistentes que no pueden ser utilizadas en el mundo real y que, de pronto, ponen al descubierto la falsedad en que se había basado su existencia cuando una amenaza exterior —alienígena, claro está, y por más señas llegada de Sirio— hace que deban replanteárselo todo para salvar a una humanidad amenazada. La solución es encontrada en el último momento, las falsedades quedan más o menos puestas en su sitio y las maldades dictatoriales reciben su merecido.
Cierto, desde luego, porque todo eso está escrito en negro sobre blanco a lo largo de las páginas de la novela. Pero ese análisis y/o punto de vista, por hacerle el favor de llamarlo de alguna manera, se niega obstinadamente a aceptar la desesperada búsqueda de trascendencia que —cada uno a su manera— emprenden Lars Powderdry, Lilo Topchev y el insignificante fabricante de juguetes llamado Vincent Klug. Peor aún, se niega a plantearse —aunque solo sea como hipótesis de trabajo— la amenazadoramente clara posibilidad de que esa búsqueda de una salida cósmica, metadiscursiva y trascendental sea lo que realmente le interesa a Dick y que, sorpresa, la novela no solo se abstenga de negar su existencia sino que termine encontrándola entre las paredes de un juguete tan insignificante, a primera vista, como el hombre que lo ha creado.
No se podía esperar otra cosa de un credo vergonzante como el de la posmodernidad, que evita mirar hacia delante más allá de sus cuatro paredes para no tener que enfrentarse al abismo de negrura que devuelve la mirada en cuanto se llega al final de los años: para el especialista en prêt-à-porter dickiano, que Lars Powderdry se obsesione —y obsesione a quien lo lee— preguntándose qué ha sido de su amante Maren Faine, o decida pasar muchos años aguardando la llegada de un hipotético medio de transporte en el tiempo para retroceder al momento crucial, no solo resulta incomprensible y chocante, sino que roza lo blasfemo. Dick, a través de Powderdry, lo ha dejado muy claro: sus muchos trances no le han permitido entrever a Dios, pero no dejará de volver la mirada en todas direcciones para dar con la deidad.
ALBERT SOLÉ
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