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Los propios dioses (Isaac Asimov)

Los propios dioses

Argumento

Al cumplir veinticinco años Peter Lamont pasó a formar parte de la primera estación de la Bomba de Electrones, recién graduado, y aceptó un empleo simultáneo en la Facultad de Física de la Universidad. Interesado por la sorprendente historia del desarrollo de la Bomba, nunca descrita en su totalidad, Lamont pretende indagar más sobre ella, y especialmente sobre los parahumanos habitantes de un universo paralelo, sin los cuales la bomba no sería posible. Sin embargo el padre de la bomba, el eminente radioquímico Frederick Hallam, se niega a cooperar con Lamont, imponiéndole además un aislamiento profesional. A partir de entonces Lamont centrará todo su empeño en saber que hay tras la Bomba de Electrones, en el ParaUniverso, y demostrar todas sus sospechas.

Crítica

Más allá que cualquier otra historia de ciencia ficción, Los propios dioses se destaca por una impresionante descripción del cosmos, una visión que nos hace aún más insignificantes de lo que podíamos pensar en un primer momento. Con una gran maestría, Asimov nos sumerge en un universo totalmente diferente al que conocemos, regido por otras leyes naturales, y nos relata de forma maravillosa la historia de unos "parahumanos" que habitan un pequeño planeta dentro de dicho universo paralelo. Un derroche de imaginación pocas veces realizado. 

Es un relato imprescindible para todo aficionado a la ciencia ficción, que disfrutará sin lugar a dudas de momentos inolvidables gracias a la habilidad de este gran autor.

Fragmento

En la Luna se carecía de espacio, incluso para los funcionarios terrestres; no podía desperdiciarse, ni siquiera como un símbolo de la madre patria. Tampoco, a decir verdad, había modo de cambiar el hecho abrumador de que la Luna carecía de gravedad suficiente, incluso para el terrestre más eximio que jamás existiera.

— El hombre sigue siendo un animal de costumbres - suspiró Luis Montes -. Hace dos años que estoy en la Luna y a veces me siento tentado de quedarme, pero... me voy haciendo viejo. He pasado de los cuarenta, y si tengo que volver a la Tierra alguna vez, es mejor que sea ahora. Cuando más tarde en hacerlo, más difícil será adaptarme a la gravedad normal.

Konrad Gottstein tenía sólo treinta y cuatro años, y parecía más joven. Su rostro era ancho, redondo y de facciones grandes, un rostro poco común entre los selenitas, el rostro que evocaban como caricatura de un terrícola. No era de complexión fuerte (se procuraba no enviar hombres corpulentos a la luna) y su cabeza parecía demasiado grande para su cuerpo.

Dijo, hablando el idioma planetario con un acento muy distinto a Montes.

— Parece usted apesadumbrado.

— Lo estoy, lo estoy -asintió Montes. Mientras el rostro de Gottstein parecía intrínsecamente afable, las líneas largas y finas del de Montes tenían un aspecto de tragedia casi cómica - . Lo estoy en ambos sentidos. Siento abandonar la Luna , por que es un mundo atractivo, repleto de emociones. Y me avergüenza sentirlo; ser reacio a cargar con las responsabilidades de la Tierra, gravedad incluida.

— Sí, me imagino que será difícil volver a sentir las otras cinco sextas partes - convino Gottstein -. Hace sólo unos días que estoy en la Luna y ya empieza a gustarme una sexta parte de gravedad.

Cambiará de opinión cuando le acometa el estreñimiento y tenga que vivir de aceite mineral - suspiró Montes -, pero esto pasará. . . Y no cree que pueda imitar a la gacela sólo por que se siente ligero. Es todo un arte.

— Así me lo han dado a entender.

— Pero sólo cree entenderlo, Gottstein. No ha visto el paso del canguro, ¿verdad?

— En la televisión.

— Eso no le da una idea; hay que probarlo. Es el único modo de avanzar a gran velocidad sobre la superficie plana lunar. Los pies se levantan juntos hacia atrás como si fuese a dar un gran salto a la Tierra. En el aire se mueven hacia adelante; antes de que vuelvan a tocar el suelo ya se levantan de nuevo hacia atrás, y así sucesivamente. El movimiento parece lento comparado con los de la Tierra , con tan poca gravedad para empujarlo a uno, pero cada salto representa unos siete metros y el esfuerzo muscular requerido para mantenerse en el aire (si hubiese aire) es mínimo. Se experimenta la sensación de volar...

— ¿Usted lo ha intentado?, ¿lo sabe hacer?

— Ningún terrestre es capaz de hacerlo bien. Yo he llegado a dar cinco saltos seguidos, lo suficiente para experimentar la sensación, y querer continuar, pero entonces se produce el inevitable error de cálculo, una perdida de sincronización, y uno va dando tumbos y deslizándose más de medio kilómetro. Los selenitas son corteses y nunca se burlan. Por supuesto, para ellos es fácil. Empiezan cuando son niños y lo hacen como si tal cosa.

— Es su mundo - observó Gottstein, riendo -. Imagínese cómo se las arreglarían en la Tierra.










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