Nueva DimensiónCiencia - Ficción y Fantasía |
![]() Título original: Mythago Wood, 1985 Autor: Robert Holdstock Editorial: Gigamesh, 2005 Colección dirigida por: Alejo Cuervo Prólogo: Cristina Macía Ilustración de portada: Corominas Páginas: 272 páginas ISBN: 84-96208-28-1 |
Bosque Mitago es uno de los grandes logros de la fantasía moderna. En uno de los juegos de claros y sombras más ricos y originales del género, Robert Holdstock despliega una historia entroncada en la mitología celta cuyo recuerdo perdura mucho después de haber dejado atrás su última página.
| “Para mí, éste es el libro de fantasía más importante de los años ochenta.” |
| Michael Moorcock |
Para mí es un misterio el vicio que tiene el personal por poner prólogos a los libros. No les encuentro el menor sentido. Me sobran más que un bloody mary en el retrato de mi abuela.
De entrada, la mayor parte de los lectores se los saltan... problema que esperaba solventar titulándolo «Antiprólogo con casiespoilers y un poco de sushi», pero que como no me dejan, queda aún más en evidencia. Para seguir, muchos son ladrillos de longitud variable en los que el prologuista se empecina en impresionar a la peña con su erudición y en demostrar que se sabe al dedillo la biografía del autor, el contexto en el que escribió su obra y sus gustos personales al condimentar la ensalada. Y para terminar, aunque dejando muchos cabos sueltos (ojo, no tropiecen con ellos), una inmensa parte de los prólogos que se escriben estarían mejor como epílogos, porque el prologuista tiene que andar con pies de plomo para no desvelar elementos de la trama, y por tanto llena su texto de oscuras alusiones que el sufrido lector sólo entenderá una vez leída la novela, cuando del prólogo, si se lo llegó a leer, no tendrá ni un perezoso recuerdo.
Quedamos, pues, en que pocas veces gana algo el lector con la existencia del prólogo. ¿Quién gana, pues? ¿Tal vez el editor? Es dudoso, para cuando el lector llega al prólogo, por lo general ya se ha comprado el libro, y en lo que al editor respecta ahí se termina su vida útil (a no ser que el libro pertenezca a una saga y quiera fidelizarlo, pero eso lo deberá hacer la novela, no el texto que la precede). ¿El crítico? Nones, los buenos críticos se leen el libro entero y a los malos les basta con lo que ponga en la solapa («solapípedos», que los llama mi jefe Taibo). ¿El prologuista? Se lleva fama (poca), gloria (escasa) y dinero (juaaa... espera... no, en serio... ¡juaaa!). Así que tampoco. Por no ser cien por cien negativa diremos que alguien gana algo: el proveedor de papel, que gracias a los prólogos vende unos cuantos pliegos más.
Llegado este punto, el lector se planteará, con toda razón, una pregunta muy legítima: Si eso opina de los prólogos, ¿qué c*ñ* hace esta tía escribiendo el de Bosque Mitago? La respuesta, contra lo habitual, es sencilla: Adoro esta novela. Hace dieciséis años que cayó en mis manos (teniendo en cuenta que acabo de cambiar de prefijo, eso nos lleva a una tierna traductora de veinticuatro primaveras, angelita) y, a diferencia de casi todo lo que he leído en estos tres lustros, cuando la retomé hace unos meses para corregirla, la seguía teniendo fresca. ¿De cuántos libros se puede decir eso? En mi caso se cuentan con los dedos de una mano. Y sobran.
El proceso de corrección ha sido como el reencuentro con un viejo amigo. Al volver a meterme en los meandros delicados de la prosa de Holdstock, me preguntaba cuántos de los que en su momento leyeron Bosque Mitago volverían a acercarse en esta nueva edición, y con qué expectativas: ¿Sorprenderse de nuevo? ¿Reencontrarse con la magia, el misterio, el terror, la tensión, el romance? ¿Volver a saborear las leyendas distorsionadas? Y los nuevos lectores, ¿están ya tan curtidos que no sentirán lo opresiva que puede ser una rama de roble? ¿Han leído demasiados libros para que se les pongan los vellos de punta cuando dos niños pierdan un barquito de papel? ¿Han visto tantas películas que el relato de un lento deslizarse a la locura los dejará impasibles? ¿O por el contrario la magia de Bosque Mitago seguirá propagándose entre una nueva generación?
Más o menos ésas eran las preguntas subyacentes que se destilaban de una ya mítica (qué apropiado) conversación ante suculentos cuencos de arroz con salmón aún coleante, sopa de miso, norimakis de atún y wasabi como para provocar un incendio. Los asistentes: Juanma Santiago, Enrique Corominas, Álex Vidal y esta a ratos humilde traductora hoy metida a prologuista de segunda B. Porque, agárrense, queridos lectores, ante la revelación que se avecina... ¡Álex no había leído Bosque Mitago! Circunstancia que por supuesto aprovechamos los demás para torturarlo con casiespoilers en plan: «Pues para mí es una novela de terror.», «La escena de los críos en el riachuelo es la que me ponía los pelos como escarpias.», «Es la novela más claustrofóbica que he leído, y se desarrolla entera al aire libre.», «A mí, la tía... Aunque lo de Ginebra... No sé...», «Enrique, ¿por qué no elegiste para la portada la escena de... ya sabes... la flecha...?», «Lo del final es que no tiene nombre, cierra y no cierra.», «Como alguien diga lo de viaje iniciático, lo mato.» Como podrá imaginar el lector avispado, Álex nos miraba con odio apache, y sospecho que aquel sushi se le amargó bastante.
Pero creo que en realidad lo que sobraba en aquella mesa era la envidia. Nada de sana envidia: envidia negra, cochina y biliosa. Porque Álex iba a visitar Bosque Mitago por primera vez... y nosotros ya estábamos de vuelta. Podíamos volver a empaparnos de la atmósfera, podíamos disfrutar incluso más de la lectura apreciando los detalles... pero la magia, la sorpresa, iban a ser para Álex.
¿En qué situación estás tú, amigo lector? ¿Bosque Mitago es para ti terreno virgen? ¿O vuelves de visita tras muchos años de ausencia? Sea cual sea el caso, felicidades. Tienes por delante unas cuantas horas de gran lectura. Bienvenido a la magia.
Cristina Macía
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